viernes, 20 de abril de 2012

¿Hasta dónde?

Publicado por Núria Jar - 0 comentarios


NURIA JAR.- Así como los enamorados, el padre, la madre, el trabajador y las mujeres, el ADN también tiene su día de gloria. El pasado fin de semana mi compañera de piso me sugirió ver Gattaca para rendir nuestro particular homenaje a la efeméride que se celebra el próximo 25 de abril por un doble motivo, como su hélice. La pareja de científicos Watson y Crick publicaron aquel día del año 1953 la estructura del ácido nucleico de desoxiribosa y, medio siglo más tarde, muchos colegas más culminaron el titánico Proyecto del Genoma Humano que consiguió secuenciar el genoma de nuestra especie.
Para quien todavía no haya tenido ocasión, y eso que Jude Law es uno de los tres protagonistas, Gattaca describe un mundo en el que algunos hijos son concebidos en el laboratorio mediante técnicas de selección genética. A diferencia del resto, fecundados a lo antiguo, nacen con los mejores rasgos hereditarios de sus padres. En este contexto se origina una nueva forma de discriminación, que se fundamenta en una base de datos que divide a los ciudadanos con la crueldad de los adjetivos válido e inválido. La dictadura de la genética.
Su argumento me recordó a otras historias que, además de poner en duda el progreso científico, también comparten una visión negativa sobre el futuro. Es el caso de los libros clásicos de la ciencia ficción Un mundo feliz de Aldous Huxley y 1984 de George Orwell.

¿Por qué no se puede hacer todo aquello que la ciencia nos permite alcanzar? Muchos de los avances del conocimiento científico y tecnológico están envueltos de dudas morales y éticas que, si nos interesa comprometernos socialmente, hace falta resolver.

Uno de los grandes pensadores sobre temas bioéticos, Michael Sandel, investigador y profesor de filosofía política de la Universidad de Harvard (EE UU), plantea en su ensayo 'Contra la perfección' cómo deberíamos beneficiarnos de los logros de la biotecnología. La revolución genética alberga grandes promesas para curar enfermedades, pero también seduce con numerosas tentaciones. ¿Dónde se encuentra la frontera ética?

A lo práctico. En muchas de sus charlas, el experto plantea el caso de una pareja de mujeres sordas que decide tener un hijo por fecundación asistida. Aprovechando las ventajas de la genética, quieren que su bebé también nazca sordo porque no consideran esta característica una discapacidad, sino parte de su identidad.

Entonces, el auditorio acostumbra a murmurar sus respuestas y Sandel pide la opinión en voz alta de algunos de los presentes. Habitualmente, la mayoría se posicionan en contra de la decisión de las progenitoras, pocos son los que la defienden. Pero el filósofo complica la reflexión cuando plantea la criba genética como una oportunidad para escoger el sexo del recién nacido. Aquí ya se equilibran las posiciones morales de los asistentes. Y una se pregunta… ¿hasta dónde?

Después de escuchar varios argumentos, Michael Sandel vuelve al primer ejemplo para defender el uso de la selección genética en casos de enfermedad: "No redefinimos la capacidad del niño, solo intervenimos sobre la naturaleza para preservar las funciones básicas que constituyen la salud humana". Para él, la frontera ética de la revolución genética la dibujan dos palabras: humildad e imprevisibilidad. Bajo su punto de vista, "la paternidad es la mayor manifestación de humildad que existe porque el ser humano debe exponerse a lo imprevisible". Por lo tanto, no hay selección que valga a no ser que beneficie la salud del pequeño.

A muchos les parecerá una perspectiva conservadora, pero no hace falta ser catedrático de filosofía para tener una opinión al respecto. Tampoco hace falta ser doctor en biología para sorprenderse con los avances que alcanza la investigación científica. Como aquel 25 de abril, en el que se completó la descripción de los más de 20.000 genes que forman un ser humano y nació uno de mis hermanos, con una secuencia genética que lo hace ser tal y como es.