jueves, 3 de mayo de 2012

¿Y si fracasamos?

Publicado por HdCiencia - 0 comentarios

HABLANDO DE CIENCIA.-Estos días previos al #StAS2012 están siendo muy intensos para nosotros. Me encuentro en la fase denominada ¡quién me mandaría meterme en estos fregados! , que se caracteriza por recordar aquellas tardes que pasaba en total aburrimiento. En esos días no tenía que ir de turismo por las tiendas de bricolaje, ni organizando un viaje con seis alumnos, ni contando a todo el mundo,  como hacía hace un mes, que nos encontramos inmersos en la confección de cohetes de agua y vinagre. La verdad es que estamos consiguiendo buenos resultados, y ya son pocos los intentos que no salen bien.
Cohetes de agua y vinagre ¿Estamos seguros
de que no acabaremos llenos de vinagre?

Después de convencer a los amigos de Hablando de Ciencia, a la organización del evento, a los propios alumnos, a sus padres, y a la dirección del colegio me pregunto ¿y si fracasamos? ¿Qué pasará si no sube un cohete? ¿Y si no sube ninguno? Me imagino la cara de desaprobación del público, la decepción de los organizadores, el rubor de nuestras caras, llorando como Leo Messi o arrodillados como Mourinho cuando fueron eliminados hace poco de la Champions League. Esta idea se desvanece porque sé que los chavales lo harán bien, y porque sé que el público del #StAS2012 aplaudirá de todas formas el esfuerzo realizado en el improbable caso de que todo falle.

Fracasando ando
Ya comentaba en mi anterior historia que en la confección de los cohetes no seguimos el camino habitual, y que doy luz verde a casi todo lo que me plantean los alumnos, aunque sepa de antemano que no vaya a funcionar. Con los tiempos que corren, cuando se anda recortando presupuesto a diestro y siniestro, parece frívolo hablar de malgastar el dinero en cosas que fracasen. Pero con los errores se aprende a pensar. Si hay algo que no sienta demasiado bien ni a la ciencia ni a la tecnología es esa necesidad de tener éxito, de ser útil de manera inmediata.

Aquí tengo que discernir entre la necesidad de plantear bien una investigación o un experimento, y el deseo de que se obtenga los resultados deseados. La primera es tan importante y crítica que nos puede dedicar más tiempo y recursos que las pruebas en sí. A veces, la oportunidad para hacer el experimento es única, como ocurre en el espacio. Los astronautas no salen a darse un paseo por el cosmos como el que va a comprar tabaco, sino que llevan una apretada agenda de ensayos que han sido diseñados minuciosamente en la Tierra. Cualquier fallo de diseño provocaría un gasto inútil de esfuerzo y dinero.
Cuando no hay medios, solo te queda imaginar el experimento. Un gran imaginador de experimentos fue, por ejemplo, Galileo. Y lo contrario, un pésimo experimentador fue Freud, que pretendió demostrar las numerosas posibilidades que la cocaína tenía como medicamento a pesar de que los pacientes a los que le administraba la droga no reaccionaban como debían. Ni corto ni perezoso se aplicó las dosis y puso los resultados que esperaba conseguir.

Basura entra, basura sale… a veces

Del mal diseño, o de la mala práctica, se sacan malas conclusiones. Hace poco leíamos que se habían encontrado neutrinos que viajaban a velocidades mayores que la luz. El revuelo fue tal que rápidamente los medios de comunicación comenzaron a hacer conjeturas sobre las implicaciones que el resultado tendría dentro de la física. Sin embargo todo apuntaba a que algo debió ir mal en el experimento. El deseo de encontrar resultados impactantes y novedosos pudo más que la cordura. En informática usamos el término “basura entra, basura sale”, que nos recuerda que si introducimos datos sin sentido en nuestros programas, no podemos esperar que el resultado lo tenga.

Fermat nunca supo las repercusiones de este comentario
A veces estos errores de bulto estimulan la investigación científica. Probablemente Pierre de Fermat estuviera equivocado cuando escribió  que “Es imposible descomponer un cubo en dos cubos, un bicuadrado en dos bicuadrados, y en general, una potencia cualquiera, aparte del cuadrado, en dos potencias del mismo exponente. He encontrado una demostración realmente admirable, pero el margen del libro es muy pequeño para ponerla”. Después de más de 350 años de sesudos matemáticos incapaces de demostrarlo, Andrew Wiles encontró la solución, pero tuvo que escribir 98 páginas simplemente para explicarlo en un artículo a sus colegas. Eso sí, en tres siglos y medio el teorema de marras provocó un enorme desarrollo en la geometría aritmética.


Al saber le llaman suerte. Gracias a la serendipia
podemos disfrutar de gran cantidad de inventos.
Otras veces, la casualidad nos permite encontrar un resultado insospechado cuando buscábamos otra cosa. Esto se llama serendipia, y gracias a ella existe el velcro, el microondas, las notas autoadhesivas y la viagra. La serendipia está compuesta por una parte de azar y mucha de habilidad para encontrar la utilidad en el hallazgo casual.




¡Investigad malditos!

Si seguimos el método científico, será muy difícil que no aprendamos de nuestras investigaciones. Yo os animo a garabatear expresiones en un papel, a comprobar qué pasa cuando mezclamos dos reactivos, a abrir ese juguete roto y aprovechar sus piezas. Mis alumnos no tienen miedo a acabar perdidos de vinagre en el #StAS2012 si todo sale mal, saben que el público aplaudirá de todas formas, aunque no creo que nadie se le acerque a darles un abrazo. Lo entiendo, porque en ese caso olerán fatal.

*Esta es una entrada de Jorge J. Frías, desde Hablando de Ciencia. Para conocer más de HdC, visita su web haciendo click aquí.